Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja como un aullido interminable.
Hija mía, es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante el muro ciego.

("Palabras para Julia". J.A. Goytisolo)

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domingo, 7 de septiembre de 2008

El número 1

(Tomado de la publicidad de una conocida marca de automóviles)

domingo, 3 de agosto de 2008

Los nuevos Narcisos

Hay espejos mucho más crueles y mentirosos que los de la madrastra de Blancanieves. Son espejos en los que nos miramos a todas las horas del día, los trescientos sesenta cinco días del año, a veces sin querer, otras veces conscientes de lo que hacemos. Lo peculiar de estos espejos es que no nos devuelven nuestra imagen exacta de carne y hueso, sino una más compleja, formada por remiendos que llevan etiquetas como "me odio esta parte", "esta me gustaría", que forman la imagen caleidoscópica de nuestras identidades. Estos espejos los tenemos por todas partes, mutados de apariencia como los malignos objetos mágicos que son, sustentados por las manos invisibles de brujas con nombres modernos, incitándonos a mirarnos en su magia negra. Son esas vallas plantadas en los solares y edificios de nuestras ciudades o diseminados por el paisaje a lo largo de las principales vías de comunicación; o esas pantallas gigantes en las que nos proyectamos como héroes y heroínas; o esas otras pequeñas de plasma (ya LCD...), en los salones de nuestras casas, en las que contrastamos la realidad con los deseos. Atrapados en ellos, esclavos sin voluntad, víctimas de su encantamiento, nos dejamos arrastrar por el amor o el odio a nosotros mismos en un sueño de pesadilla que, al final, nos conducirá irremediablemente a la perdición, como a nuevos Narcisos, alimentando el reflejo ilusorio, especular, de nuestro yo mientras dejamos consumir la materia de la que Dios quiso que estuviéramos hechos.

viernes, 18 de julio de 2008

Espejito, espejito mágico...

Hubo un tiempo en que los espejos eran nuestros amigos. Cada cual se miraba en ellos y ellos, amigos fieles, devolvían la realidad tal cual. En aquel tiempo, el más feliz de todos, el tiempo del asombro y de la infancia, los espejos eran mucho más que espejos: eran también compañeros de juegos que sonreían con la misma risa que recibían, divertidos con las carantoñas ensayadas una y otra vez en ellos, con los dibujos y las palabras trazados a toda prisa en el diminuto círculo de una bocanada de aliento; o jugando al escondite, a la magia de desaparecer en el espeso vaho del agua caliente del baño. El tiempo reflejado en ellos, tiempo de juegos, se estiraba, se hacía largo y, así, la vida pasaba más alegre.

Pero después, con los años, los espejos se fueron haciendo crueles. Obstinados en hacernos creer que no mentían nunca, devolvían ojos que costaba reconocer. Quien dice ojos, dice orejas o narices o corazones. Así que se fue levantando un muro invisible de rencor entre "ellos" y "nosotros", un rencor ni más ni menos que como el de la madrastra de Blancanieves, transformada en bruja malvada después de preguntarle a su espejito... Entonces comprendimos (fue un golpe de lucidez) lo peligrosa que era la magia de los espejos, lo hiriente; que todas las imágenes devueltas por los espejos tenían el poder destructor de la Medusa Gorgona, que convertía en estatua de piedra a todo el que la miraba a los ojos.

Por eso hoy nos ponemos detrás de los espejos. Y brevemente avisamos del peligro a todos los que pasan. (Lo siento, andrómedas Perseo, murió hace mucho tiempo)